CRÓNICAS DE RAFAEL SÁNCHEZ ARMAS

GUSTAVO PETRO Y LA ÉPICA DEL FRACASO

"Quien quiera ver, en tiempo real, cómo funciona el populismo, a qué elementos emocionales recurre y cuál es la retórica con la que opera, no puede dejar de atender a lo que está ocurriendo en Colombia. El espectáculo ha sido desconcertante, por decir lo menos. Gustavo Petro, que empezó su Gobierno con talante moderado, pactista y pragmático, y que había logrado la increíble hazaña de domesticar al uribismo, vincular a los conservadores a su programa de Gobierno y aprobar una reforma tributaria ambiciosa, hoy gobierna en una tarima al pie de la calle, se deja la laringe en los andenes, ataca a la prensa y se encierra en una burbuja de fidelidades caninas impedidas de desviarse un milímetro de lo que ordena el pueblo, es decir, de lo que ordena él mismo.

¿Cómo empezó esta debacle? Basta con ver la trayectoria de Petro para no llamarse a engaños: todo esto era plausible. A él siempre lo exaltaron las vías de hecho. En sus memorias recordaba su paso por Zipaquirá, en los ochenta, donde promovió una toma de tierras que sirvieron para erigir el barrio Bolívar 83. Nada exalta a Petro más que el poder popular, el líder asambleario que guía y orienta a la masa en la toma de decisiones y que la incita a la acción. Ese es el sueño húmedo del populismo, una relación directa entre el líder y el pueblo, y una mayoría o una multitud poderosa que exige se cumplan sus demandas sin trámites institucionales ni respeto por la legitimidad democrática del opositor que se encuentra en minoría.

Ese es el Petro más Petro, sin duda. Sin embargo, durante los primeros seis meses de su Gobierno su razón logró controlar la exaltación romántica y maximalista que ve en cada pacto con el opositor una traición a la pureza de sus ideales, y los resultados fueron notables. Pero entonces vinieron los problemas. Uno de sus ministros, Alejandro Gaviria, expresó sus dudas sobre otra ambiciosa reforma, la de salud, y Petro lo descabezó el 27 de febrero. El 26 de abril repitió la gesta. Destituyó a lo que quedaba del sector pragmático de su Gabinete, al Ministro de Hacienda, José Antonio Ocampo, y la Ministra de Agricultura, Cecilia López. Dinamitando la coalición de Gobierno, Petro quedó blindado por activistas y fieles, pero sin margen de maniobra en el Congreso.

Ganó pureza ideológica y perdió gobernabilidad. La única salida que le quedó a Petro fue deshacerse de la máscara pragmática y volver a las esencias populistas: «¡A la calle!». Fue en medio de esta degradación política, cuando ya se veía un tanto maniatado, sin iniciativa y claramente desbordado por los promesas grandilocuentes e imposibles que hizo como candidato, que dos de sus aliados más fieles, su jefa de Gabinete, Laura Sarabia, y su embajador en Venezuela, Armando Benedetti, armaron un escándalo cutre y venal que acabó con la revelación de audios en los que el segundo daba a entender que en la campaña de Petro se violaron los topes y entraron dineros turbios.

Si ya había perdido la gobernabilidad, con este bombazo perdía legitimidad y popularidad. Su Gobierno dejaba de proyectar esa imagen franciscana, gente pura que no dormía pensando en los pobres de Colombia, y sembraba las dudas de siempre: ambición de poder, espionaje ilícito, trampa electoral, corrupción. Esta suma de errores garrafales, achacables sólo a él y su entorno, supuso el mayor autosabotaje a un gobierno en la historia reciente de Colombia.

Petro, sin embargo, ha empezado a decir que se fragua un «golpe blando» en su contra. Antes había defendido a Pedro Castillo y ahora se compara con él: los poderosos lo quieren tumbar por gobernar para el pueblo. Para conjurar esa supuesta amenaza, salió a la calle a movilizar a sus bases y a enardecer a sus fieles diciendo que al pueblo no se le pueden quitar los derechos que estaban consignados en el plan de Gobierno con el que ganó la presidencia. Desconociendo la legitimidad de los legisladores opositores, aseguró que las reformas ya habían sido aprobadas en las urnas, una visión iliberal de lo que es la democracia. Ese ha sido su recurso, patear la piedra hacia delante exacerbando el resentimiento y la movilización callejera, y confiando en que la masa se imponga finalmente a las instituciones oligárquicas que impiden al pueblo cambiar la historia.

Todo esto, por exaltante que parezca, está llamado a degenerar en polarización y violencia o a fracasar estrepitosamente. Petro sabe que no hay atajos. Su discurso pacifista le impide apelar a la primera opción, y por lo mismo sólo le queda dignificar su fracaso, convertirlo en la guerra inicua entre un presidente puro, fiel a sus ideales, hermanado con el pueblo, que fue víctima del establecimiento, de la oligarquía, de la prensa racista, de los asquerosos ricos que explotan a los trabajadores humildes. Pero el único responsable será el presidente. Cuando se prometen cosas irrealizables, el resultado obvio es la frustración y el resentimiento. Lo lógico sería reconocer el error y enmendar el camino, pero Petro no lo hará. El demagogo no asume sus errores; se victimiza y señala al enemigo del pueblo o al rico antipatriótico como responsable de su debacle. Ese es un vicio latinoamericano del que Colombia se había librado. Ahora, convirtiendo su fracaso en épica, Petro intentará inocularlo". Carlos Granés.

"Qué tal que uno diga, mamando gallo, quién fue el que puso la plata aquí en la Costa", esa sola frase –entre muchas otras escandalosas que dijo el exembajador Benedetti en unos audios revelados por la "Revista Semana"– debería ser suficiente para alarmarse e investigar a fondo si entraron dineros no reportados y de dudosa procedencia a la campaña del presidente Gustavo Petro, pero en política acostumbran a tapar el sol con un dedo, y en este país a tapar un escándalo con otro.

La crisis que dejó por fuera del gobierno a la jefa de Gabinete, Laura Sarabia y al embajador de Colombia en Venezuela, Armando Benedetti, ha tenido varias aristas y giros preocupantes, sin embargo, lo expresado por Benedetti en las últimas entrevistas y en esos audios no se puede pasar por alto. No solo sembró un manto de duda sobre la financiación de la campaña en el Caribe, fue más allá y se atrevió a dar una cifra: "Yo hice cien reuniones […] 15.000 millones de pesos, es más, si no es por mí, no ganan". Dinero que no aparece reportado en las cuentas oficiales que la campaña entregó a las autoridades electorales. Luego, en una entrevista con "Semana", dejó claro que quienes aportaron ese dinero a la campaña "no eran emprendedores".

Tampoco se puede ignorar que en otro audio se le escucha –con un tono amenazante– decirle a Sarabia: "Yo no me voy a dejar mamar gallo, Laura, te lo juro por la vida de mis hijos que no pasará nunca. Nos hundimos todos. Nos acabamos todos. Nos vamos presos". ¿Qué es lo que sabe Benedetti que podría llevar a la cárcel a los miembros de la campaña? ¿De dónde salieron esos 15.000 millones? Inmediatamente, el presidente Petro le salió al paso al tema y negó el ingreso de dinero ilícito a la campaña. También dijo que Benedetti debe explicarles a la Fiscalía y al país sus declaraciones.

La política no solo es dinámica, también es desagradecida y traicionera. Cuando Armando Benedetti llegó a la campaña de Petro, el progresismo hizo todas las maromas posibles para justificar la entrada de un político tradicional –y con investigaciones y cuestionamientos encima– a lo que sería "el gobierno del cambio". Hoy, cuando por culpa de ese político se tambalean hasta las reformas en el Congreso, nadie quiere estar relacionado con él. Los que defendieron su ingreso al Pacto Histórico se lavan las manos y desacreditan lo que dice. Incluso, el canciller Álvaro Leyva se atrevió a decir que no se le podía creer porque es un drogadicto. Si a Benedetti no se le podía creer, ¿por qué lo nombraron embajador? ¡Cuánta incoherencia e hipocresía!

La reacción de Armando Benedetti fue advertir que había una campaña para desprestigiar su integridad personal y descalificar lo que pudiese decir en el futuro. Parecía ser así, pero en un giro inesperado –aunque en Colombia nada sorprende–, cambió radicalmente su discurso y atribuyó lo sucedido a la rabia y el alcohol. Un argumento difícil de creer después de todo lo dicho. El presidente no dudó en usar esa insultante disculpa para reforzar un concepto que ha mencionado anteriormente. Johana Fuentes.

A medida que pasan los días y aumenta la ofuscación del Gobierno de Gustavo Petro, su discurso se ve salpicado cada vez más de imprecisiones. Veamos la primera: que estamos en camino hacia un "golpe blando". ¿Por qué lo dice? Es un epíteto que viene aplicando a todo aquello que le disgusta. Por ejemplo, cuando el Consejo de Estado –en ejercicio legítimo de sus responsabilidades– decretó la suspensión del contralor general de la república, entonces el presidente Petro afirmó sin sonrojo alguno: ¡ahí tienen la prueba de que está en marcha una confabulación que tiene como fin fraguar un golpe de "Estado blando"! Inmenso disparate, como si la manera de que perdiera validez la temeraria afirmación de que hay en marcha un "golpe blando" fuera que las instituciones no cumplieran con sus deberes.

En otras ocasiones el calificativo de "golpe blando" lo viene utilizando para decir que se nos viene algo parecido a lo que sufrió el hoy expresidente Castillo en el Perú. Nueva imprecisión que muestra más ofuscación que veracidad.

¿Qué sucedió en el Perú? Que un buen día el presidente Castillo, acorralado por las investigaciones de corrupción contra él mismo y su familia, e incapaz de organizar una mayoría en el Congreso peruano, se presentó ante las cámaras de televisión a anunciar que se disponía a gobernar por decreto; que iba a cerrar el Congreso; y en síntesis, que ponía punto final al funcionamiento institucional del Perú.

Las instituciones peruanas reaccionaron lo mismo que la Fiscalía del vecino país; le abrieron rápido juicio de responsabilidad política a Castillo; lo detuvieron; y el Congreso dentro del marco de sus atribuciones constitucionales procedió a suspenderlo de sus funciones presidenciales.

Pero quien intentó darse a sí mismo un "golpe blando" de Estado fue el propio Castillo. Esto es bueno recordarlo ahora que el Gobierno de Petro se ha convertido en defensor de oficio del destituido presidente; que ha puesto en peligro inclusive las relaciones diplomáticas de Colombia con el vecino país sin encontrar eco alguno en los otros países de la región; y transfigurando lo que allí ha sucedido como una antelación de un "golpe blando" que se estaría fraguando en Colombia.

En los acalorados discursos del presidente Petro es común escucharle la frase que repite desde los balcones del Palacio de Nariño o en improvisadas tarimas desde las manifestaciones que convoca, según la cual: "yo llegaré tan lejos como ustedes me digan". No presidente Petro. Usted no puede llegar más lejos de donde la Constitución se lo permite. Y es precisamente la Carta Constitucional que usted juró cumplir la que ordena que los proyectos de ley como los que cursan sobre temas pensionales, de salud, o del mercado laboral, deben ser aprobadas o improbadas es por el Congreso. Y por nadie más.

Algunos dirigentes sindicales le han recomendado por estos días al Gobierno del presidente Petro que le dé la espalda al Congreso y proceda a gobernar mediante decretos con fuerza de ley. Eso fue precisamente lo que anunció Castillo en el Perú antes de caerse y lo que de concretarse acá configuraría, eso sí, un auténtico “golpe blando”.

Lo cierto es que en Colombia no hay en marcha ningún "golpe blando". Lo que se ha dado es el funcionamiento de las instituciones o el juego de las mayorías parlamentarias donde el Gobierno, después de dinamitar la coalición inicial, ha quedado reducido a no más del 25 por ciento de los escaños: que es lo que tiene la Colombia Humana. No tiene más.

En los termocefálicos discursos del presidente Petro se reclama insistentemente que es un deber sagrado de todo el mundo (de los medios, del Congreso y de las instituciones judiciales) respetar los mandatos con los que fue elegido. Pero resulta que ese mandato, viejo ya de un año, comienza a expirar como cualquier botella de vino que se abre prematuramente; y como lo demuestran las últimas encuestas en las que el índice de aprobación presidencial se ha derrumbado estrepitosamente.

No. En Colombia no estamos frente a un "golpe de Estado blando". Estamos es frente a los ofuscados discursos de un Gobierno pando. Juan Camilo Restrepo.

PETRO DICTADORZUELO NO TE CONFUNDAS

ESTADO CÓMPLICE DE TERRORISMO

SUMIDERO HISTÓRICO COLOMBIANO


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RAFAEL SÁNCHEZ ARMAS

AGENCIA BK DETECTIVES ASOCIADOS

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