CRÓNICAS DE RAFAEL SÁNCHEZ ARMAS

La Selva de Doramas ocupaba Teror, Valleseco, Moya, Juncalillo, Guía, Firgas, Arucas. Casi media isla poblada por laureles, tilos, viñátigos, barbusanos, mocanes, helechos. Musgo en el tronco de los árboles y líquenes colgando de las ramas. Silencio y soledad. El sol no penetraba en el corazón del bosque. A raíz de la conquista española la Selva de Doramas cayó en desgracia. Leña para alimentar los ingenios de azúcar y madera para la construcción de barcos exportadores de azúcar. La roturación del suelo para uso agrícola y pastizales terminó por aniquilar el bosque evocado por Bartolomé Cairasco Figueroa. El "hacha asesina" inspiró a Tomás Morales Castellano, nacido en Moya.

Tomás Morales, Saulo Torón Navarro, Alonso Quesada. Tres poetas, tres cronistas del puerto de La Luz y Las Palmas de Gran Canaria. En la casa-museo de Tomás Morales hay un retrato de Alonso Quesada (Rafael Romero Quesada) pintado por Juan Carló Medina. La verdadera historia del cuadro me la contó Amalia Romero Suárez (hija de Alonso Quesada) entre risas como antes hizo con Alfonso Armas Ayala. Ambos se llevaron el secreto a la tumba. Yo me comprometí a hacer lo mismo.

Frente a la casa-museo de Tomás Morales está la iglesia de Nuestra Señora de la Candelaria, y detrás un mirador sobre los riscos del barranco de los Tilos. Moya asentada en una meseta entre dos barrancos. Es necesario viajar hasta Firgas para contemplar Moya desde el barranco de Azuaje con la cumbre en el horizonte. Desde Moya hasta Fontanales hay once kilómetros barranco arriba. La Reserva Natural de los Tilos de Moya es una reliquia de la Selva de Doramas recuperada tras décadas de paso restringido. Varios caminos señalizados la cruzan entre desniveles, puentes de madera y bancos para recuperar el aliento. Pozos y acequias a orilla de la angosta carretera situada en el fondo del serpenteante valle. Súbitamente la calzada se empina sin piedad hasta la ermita de la Inmaculada Auxiliadora. Una bucólica plazoleta invita a tomar asiento en un banco encalado. Cuidado toda criatura de corazón sufrido porque dos ojos estarán acechándolo sin parpadear a través de las rendijas de la puerta de una casa contigua. No dará señales de vida hasta el último momento. De repente una enorme cabeza de presa canario (raza canina autóctona) emerge a dos patas entre temibles ladridos. Por suerte la cancela de la puerta resiste el embate de la bestia.

Rebasada la ermita la carretera se bifurca en tres brazos. A la izquierda el camino de la Casa Encarnada y a la derecha el camino del Reventón. Se ha de seguir de frente. Caseríos dispersos; bancales plantados de papas, millo, coliflor, puerros, zanahorias; rebaños de ovejas pastando en las laderas; campesinos arando la tierra o regando; capillas de la Virgen Auxiliadora bendiciendo los caminos vecinales. Simbiosis perfecta entre naturaleza y agroeconomía. Un poco antes de abandonar el valle para adentrarnos en la carretera general hasta Fontanales, se ha de aprovechar la última curva de la ascendente carretera y mirar hacia abajo. Casitas, sembrados, vegetación, y en el horizonte el azul del firmamento cortejando al infinito océano.

Un vaso de vino y queso de la tierra en Fontanales para matar la gazuza, y un café largo con tres dedos de leche condensada y medio kilo de bollitos de anis para recuperar la glucosa perdida durante la caminata. Fontanales rodeado de pinos y montañas. Pelete de bufanda a las cuatro de la tarde. Las mujeres frioleras deben ponerse un tanga de franela antes de llegar a Fontanales.

El regreso a Moya por la carretera general recuerda a Galicia, Asturias, Cantabria. Si Dios existe, vivió entre Moya y Fontanales, en la Selva de Doramas. Desde Moya hata Firgas. Año Nuevo. Isas navideñas sonando a todo volumen en la plaza de la iglesia de San Roque. Bares, restaurantes y cafeterías trancados a cal y canto, menos la cafetería La Esperanza. Esperanzado pedí un vaso de leche y un bocadillo de carne de ternera con queso y alioli. "¿Quiere vaso o taza?" -preguntó la camarera. "Me da lo mismo". Regresó con una taza, gente fina sin duda. Dos dedos de leche en el fondo de la taza. Más tarde trajo el bocadillo. La carne dura como una suela. Había salido de Las Palmas de Gran Canaria muy pronto, sin tomar las precauciones de rigor, y sucedió lo inevitable. Me dirigí a la tualete con la urgencia reflejada en la mirada y los andares. Intenté cerrar la puerta con el fechillo (pestillo, cerrojo, pasador), pero no había ninguno; tampoco funcionaba la cerradura. En el municipio por antonomasia del agua (agua embotellada de Firgas, Museo del Agua, agua corriendo en las acequias del pueblo), la cafetería La Esperanza tenía el grifo roto. "Abra la llave de paso" -dijo el cantinero. Un hilito de agua para lavarme las manos sin jabón ni toallas de papel para secármelas. Abandoné la cafetería La Esperanza sin esperanza de solucionar mi problema. "¿Y dónde cago yo ahora en este pueblo?". Dios aprieta (y el asunto empezaba a apretarme peligrosamente) pero no ahoga. En el club de jubilados de Caja de Canarias por fin respiré aliviado.

Las Palmas de Gran Canaria, 4 de enero del 2012.

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RAFAEL SÁNCHEZ ARMAS

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